SÁBADO 16
La primera mesa a la que asistimos el sábado fue la que conformaban Juan Gómez Jurado, Rodrigo Cortés y Arturo González Campos, vamos, lo que vendría a ser casi el equipo al completo de Todopoderosos, solo faltaba Javier Cansado. Desde el minuto uno, los tres nos dejan claro que vamos a vivir una velada llena de humor. La charla gira en todo momento sobre el podcast y empiezan hablando acerca de las diferencias que este formato tiene con la radio convencional. Conocemos la génesis de Todopoderosos y cómo hacen para que funcionen las cosas. Mientras que Gómez Jurado asegura que sabe que algo funciona cuando resuena en su cabeza, Cortés dice que se dedica a escucharlo todo «desde fuera», viendo el puzle. Arturo, simplemente, deja hacer. «Somos cuatro personalidades lo suficientemente incompatibles como para funcionar», concluye Cortés.

Se nota lo a gusto que se sienten y aprovechan cualquier resquicio sobre lo que estén hablando para mostrar su complicidad metiéndose unos con otros. A modo de ejemplo: cuando Rodrigo Cortés quiere decir que escuchaba la radio de pequeño, sus compañeros se valen de eso para entrar en un bucle hilarante y acabar tratando de destapar los trapos sucios de la infancia del cineasta. Cortés no sabe cómo salir de esa espiral y sus compañeros, que lo están disfrutando intensamente, tampoco están por la labor.
No cabe duda que esta mesa se mueve en todo momento en clave de humor, pero, ojo, un humor inteligente. En algunas partes incluso subyace una cierta crítica social, como cuando Cortés afirma con contundencia que «la gente no existe, es una entelequia» y ante la estupefacción de sus partenaires, desarrolla esa idea reflexionando en voz alta acerca de la costumbre que tenemos de asociar y dar más importancia a la opinión o la manera de hacer de unos pocos al deseo de la mayoría. Muy interesante.
Lo dicho, charla divertidísima que nos hizo pasar el tiempo volando. Sensación de haber asistido a la mesa más divertida, claro que, en ese momento aún no sabíamos lo que nos encontraríamos en la de Millás y Vilas…
A continuación asistimos a la entrevista de Sergio del Molino a todo un premio Planeta: Javier Cercas. Pero antes de eso, el autor de Soldados de Salamina o, de la reciente y premio Planeta, Terra Alta, recibe el premio Eñe por su trayectoria.

El cacereño de nacimiento, y catalán de adopción, habla con firmeza desde el inicio de la entrevista, dejando claro que todo parte de Cervantes y gira en torno a él. No escamotea elogios y nos regala opiniones tan contundentes como: «los novelistas solo tenemos que responder ante un tipo: Miguel de Cervantes», «no usamos la libertad que él nos dio» o «el Quijote es un banquete con muchos platos», pensando en el clásico como punto de referencia sobre el que pivotar siempre.
Cercas asegura que su premiada Terra Alta es radicalmente distinta a sus otras novelas y radicalmente fiel a todas ellas, y que, en su día, corrió el peor riesgo que puede correr un autor de cierta edad: convertir en fórmula aquello que en principio fue un hallazgo. Considera que ha cambiado como escritor porque ha cambiado como persona y, recordando que escribió la obra al tiempo que se producían los atentados de Barcelona y el procés llegaba a su máximo auge, reconoce que lo malo es el mayor carburante de la literatura.
La entrevista está llena de opiniones de lo más jugosas: «no hay diferencia entre la literatura y la vida […]. La literatura es una forma de vivir más» o «nos gusta pensar que solo los malos hacen cosas malas, y no es así: las buenas personas también cometen barbaridades».
Pero a medida que va avanzando la entrevista, Cercas deja claro que no tiene ningún tipo de reparo en sacar a relucir temas de actualidad política, es más, se le notan las ganas. Del Molino lo sabe leer y lo va llevando hacia el terreno donde el escritor quiere: mojarse sobre el tema catalán. Ante una audiencia entregada y con ganas de aplaudirle, el cacereño termina la charla con una frase contundente, repetida a petición del entrevistador: «se intentaron cargar la democracia en nombre de la democracia», arrancando los aplausos más entusiastas del público. Sería interesante reflexionar sobre la necesidad que tienen algunos escritores en posicionarse y hacer ciertas afirmaciones desde espacios donde se dan unas condiciones favorables para ellos o en las que no tienen nadie en frente para rebatirles ciertas afirmaciones que, en ocasiones, más que opinión, parecen hechas desde la condición de otorgarse a sí mismos el imperio de la verdad.
En definitiva, una charla animada e interesante, algo empañada por una parte final donde el autor se aprovechó del contexto favorable para mezclar la política con la literatura. Pero ¿acaso no estamos haciendo política cada vez que escogemos qué leer, qué escribir o incluso qué comer?
Tras el premio Planeta, asistimos a nuestra última mesa del día que protagonizan Juan José Millás y Manuel Vilas, moderados por la subdirectora de El País, Berna González Harbour. La charla se desarrolla por el terreno de la cotidianidad, la familia y la memoria, temas que definen muy bien la obra de ambos. Pudiera parecer que sería una charla un tanto encorsetada, pero nada más lejos de la realidad, tanto el valenciano como el aragonés sacaron a relucir su lado más divertido y demostraron saberse complementar perfectamente el uno al otro. A colación de la cotidianidad como importante fuente de inspiración, ambos autores muestran su facilidad en hacer crecer una historia de una circunstancia corriente, por insignificante que pueda parecer, o de cualquier anécdota que se tercie: Vilas saca a relucir la reciente compra de un colchón aderezada con una retahíla de complicaciones y destapa la caja de las risas. Millás aprovecha para debatir sobre colchones con el aragonés e incluso se permite aconsejarle ¡demostrando ser un entendido en la materia! Pese a los intentos de la moderadora por reconducir el diálogo, el valenciano quiere seguir en su particular bucle colchonero con el barbastrense. Hilarante.

Vilas reconoce que cualquier cosa que ve en su día a día la percibe desde la literatura, a la vez que ve la literatura como el deseo de luchar contra la hostilidad del mundo. Millás asegura que lo más banal es curiosamente lo que más sentido tiene, que la vida está llena de sucesos de este orden —portentosos— a los que no prestamos especial atención.
A colación de la familia, el valenciano dice que no les preguntamos a los padres el secreto de la vida, es más, que ni siquiera conocemos a nuestros padres. En este sentido, afirma, la escritura abre heridas y al mismo tiempo las cura. Considera, por otro lado, que la ingenuidad es absolutamente imprescindible para escribir. En ocasiones se escribe con el fin de llegar a un estado de ánimo, aunque reconoce que solo se puede escribir desde el conflicto. Vilas opina que, aunque sea una ficción, si es amor el que la produce, está bien. González Harbour concluye entonces que Vilas escribe desde el amor, mientras que Millás lo hace desde la fantasía.
La conversación gira en torno a muchos más temas, siguiendo la misma senda de los anteriores, con sus correspondientes anécdotas y carcajadas del respetable: desde el interés de Millás por hacerse una colonoscopia, al descubrir durante una comida que todos sus amigos se habían hecho una, hasta la disección de los talleres de escritura que ambos autores imparten, considerando el valenciano, en tono de humor, que a estos talleres acude mucha gente desequilibrada y que todo el mundo cree que no escribe porque no tiene tiempo, estableciendo una más que acertada comparación con el hecho de que nadie dice que no hace autopsias porque no tiene tiempo…
Ya en la parte final, los dos autores aseguran ser muy obedientes y receptivos a las observaciones de sus editores, consideran fundamental esta figura, teniendo en cuenta que su mirada está cargada de profesionalidad y afecto.
Y con este buen sabor de boca damos por concluido el festival, del que nos llevamos excelentes recuerdos y en el que esperamos repetir presencia en futuras ediciones.
