Sergio del Molino, director de la edición de este año del Festival Eñe, aseguraba en la presentación del festival en el Círculo de Bellas Artes que «la literatura debe abrir ventanas», por eso planteó un festival participativo y no encorsetado por conferencias académicas. Por primera vez hay un país invitado —en este caso México—, y su propuesta para esta edición lleva el título de Fronterizos, puesto que «se pretende dar voz a los narradores que se mueven en la frontera de la ficción y lo real».
Primera Persona tuvo la suerte de estar presente en algunos de los actos realizados en el Círculo de Bellas Artes durante el fin de semana. Les relatamos lo que vivimos y, sobre todo, ¡lo que disfrutamos!
VIERNES 15
La tarde prometía, principalmente por una interesante charla entre Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina, conducida por Sergio del Molino. Desde el inicio de la misma quedó claro que las expectativas —que ya eran bastante altas— quedarían superadas con creces. Del Molino dio en el clavo al conseguir generar una charla distendida, interesante y, sobre todo, y tal vez menos esperado, divertidísima. Las primeras palabras fueron un intercambio de alabanzas entre la pareja. Elvira Lindo empieza destacando de Muñoz Molina su forma de trabajar y su perseverancia y lo atribuye a haber trabajado desde niño y al haberlo hecho en un oficio tan duro como es el campo. Muñoz Molina responde que Lindo también trabaja muchísimo y resalta: «con ella he aprendido la oralidad, la voz que habla, y su irreverencia, su libertad irreverente. Es una mujer ácida, llena de ironía, sin respeto a la jerarquía, algo poco común en la literatura, donde a veces somos cobardones». Recuerda los veinticinco años de Manolito Gafotas y reivindica su costumbrismo en contraposición a su universalidad.

El momento divertido llega con la sorprendente confesión de Lindo: ¡Muñoz Molina se conoce a todos los famosos del corazón que aparecen en la televisión! Este trata de defenderse destacando la importancia de sumergirse en la banalidad, pero la caja de las risas ya está abierta de par en par, y el autor de El jinete polaco, entre tantos otros títulos, hace gala de un humor fino y elegante haciéndonos destornillar de la risa por momentos.
A la pregunta de Sergio del Molino, la pareja nos explica también algunas de sus vivencias en Nueva York durante los años que permanecieron allí. Muñoz Molina nos cuenta que lo que extraña de la ciudad de los rascacielos son los colores del otoño y la música, a la vez que remarca el silencio de una gran ciudad durante las nevadas y la sensación de la fuerza de la naturaleza en el entorno urbano. En el reverso, ambos coinciden en la dureza de los largos inviernos, en especial Lindo, que deja claro que su cansancio de vivir allí se debió entre otras cosas al frío y a las condiciones tan desfavorables de esta estación en la Gran Manzana, aunque en su afán de rescatar algo positivo, reconoce que es algo que curte. La gaditana no se muerde la lengua y aún nos hace otra sorprendente confesión: ¡obligó a Muñoz a que cambiara el final de Plenilunio!
El ubetense nos deja algunas afirmaciones de lo más interesantes, como por ejemplo que «los libros empiezan a escribirse sin que tú te des cuenta» y aún más: «el libro te fuerza a ti a escribirlo».
El acto se da por concluido con una cerrada ovación y la pareja se deja ver posteriormente en los pasillos con su mejor sonrisa atendiendo a todo aquel que les solicita una firma o una foto, mostrando su grandeza y humildad.

La segunda mesa del viernes a la que asistimos fue la que componían Miguel Ángel Hernández, Adolfo García Ortega y David Toscana, moderados por Laura Barrachina. Todos ellos tienen novelas que se mueven en la frontera entre la ficción y la realidad. Una charla muy animada con reflexiones y afirmaciones de lo más jugosas.
Barrachina empieza poniendo sobre la mesa el tema de la imaginación, ¿a favor o en contra? Los tres invitados apuestan por ella. Miguel Ángel Hernández piensa que las novelas de historias reales hay un momento que piden ser escritas. Para Toscana, la imaginación está también del lado del lector. El escritor propone imágenes que el lector recrea, y lanza una frase de lo más interesante viniendo de un autor que se mueve entre ficción y realidad: «el escritor no se puede permitir el lujo de ser hiperrealista». Para García Ortega el novelista siempre debe estar a favor de la imaginación, a diferencia del cronista, del periodista o del historiador, a la vez que destaca la libertad del escritor de permitirse ir hasta donde su imaginación le lleve.

Al hilo del género de los libros que escriben, Hernández asegura que la novela de no ficción activa un chip diferente en el lector, algo con lo que Toscana está de acuerdo y además añade que cuando se dice que una historia está basada en hechos reales, esta «atrapa» a una serie de lectores que se distinguen del lector de ficción. García Ortega completa diciendo que incluso se crea un punto de empatía con el autor.
Hernández define la labor de escribir novelas sociales como una pequeña resistencia, el poner pequeñas voces a memorias colectivas… Dar voz a aquello que no tiene voz. Toscana considera que la literatura despierta ese ser espiritual que llevamos dentro, lo que no es incompatible con la denuncia social. Un momento divertido es cuando Hernández reconoce que en ocasiones hay que modificar la realidad para que parezca más real. Toscana nos cuenta que las anécdotas y los detalles son las herramientas con las que al final se crean las novelas, muchas veces estos detalles se encuentran en los periódicos o cuando y donde menos se esperan. García Ortega pone la guinda de manera tajante asegurando que «los escritores somos justicieros sociales» y remarca que la historia que no se cuenta, no existe.
